Este mes llegue a los 35
Un número representativo
Tengo canas, deudas, hijos y marido
Me pregunto: estaré a mitad de camino?
Si he de morir a los 70
Estoy en la mitad de mi vida
Por supuesto esto es relativo
Quién tiene la hora o el día fijos?
En una de esas llego a los 99
Entonces solo pasé el primer tercio
Pero si la semana que viene me pisa un auto
Estos versos no habrán resultado cautos
Pero de una u otra manera
Al mirar atrás aprecio larga secuela
Ya no soy una nena, ni una jovencita
Y tengo varias arrugas en esta carita
Y no me da pena ni verguenza
Porque todo ha sido aprendizaje en esta, mi historia
De estudiante a promotora
Y de becada a bien viajada
Del monoblock y el congreso
Al university mall del progreso
Y de juntar diarios a escribir en varios
Todo fue experiencia en mi años de existencia
Por eso estoy convencida
De que hay que estar agradecida
Que no hay bien que con mal no venga
Ni mal que no tenga razón de conveniencia
Mi vida, donde sea que este,
Ha sido y es maravillosa
De nada me arrepiento
Seguiré igual hasta el último aliento
viernes, 31 de julio de 2009
domingo, 5 de julio de 2009
Julia says
L
Reconocí a Julia Alvarez apenas entre en la sala de conferencias el Miércoles por la tarde. A pesar de no haberla visto nunca más que en alguna foto de revista, no me fue difícil distinguirla entre la gente.
Vestida con una casaca bordada en vivos tonos de azul y verde, sobre una camiseta negra de mangas largas y una pollera tubo oscura también, la escritora se destacaba entre los insulsos habitantes del municipio de Colchester, Vermont, a pesar de ser flaca y no muy alta. Su pelo oscuro, recogido en un rodete, estaba decorado con una vincha en tonos combinados que moría en un moño de raso azul francia sobre la oreja derecha. Dueña de un perfil perfecto, llevaba unos anteojos rectangulares con marco de carey negro que irremediablemente revelaban su intelecto literario y gritaban a los cuatro vientos: ESCRIBO LIBROS!!!
Me senté en la primera fila con Linda y Juliana (Linda fue la instructora del curso de escritura creativa que estuve tomando estos últimos meses y Juliana, una de mis compañeras). Estaba dispuesta a no perder detalle alguno, me sentía como una criatura llendo al teatro por primera vez. Estaba emocionada por Mariana la lectora, llena de admiración frente a una de sus autoras preferidas, y por Mariana la escritora - o mejor dicho, la que intenta serlo - llena de esperanza frente a la ilusión de algun día, dentro de 20 años, tener un libro escrito por mi en la mano y a mis lectores esperando escucharme.
Alvarez habló de su última novela, publicada este año: "Return to Sender", que en castellano se traduciría como "De Vuelta al Destinatario". La novela se trata de dos adolescentes, María, hija de un trabajador rural Mejicano indocumentado y Tyler, el hijo de unos chacareros de Vermont que contratan al padre de María para trabajar. De ahi lo que Alvarez llevaba puesto. Esa casaca se la bordaron en Chiapas, Méjico, donde estuvo de visita investigando y recaudando material para su novela.
Y después hablo de ella. De su infancia en la Republica Dominicana rodeada por incontables parientes, de como su familia se exilió en Nueva York durante la dictadura de Trujillo, de la maestra que la introdujo al mundo de los libros y de como se refugió en ellos para evitar a esos hostiles compañeros de escuela que la burlaban por sus raíces latinas.
"There's where I found my community," dijo Alvarez en referencia a esos cuentos que remplazaron las historias que le contaban sus tías. Y entre sus autores favoritos incluyó a Jane Austen, Leon Tolstoy y a Jorge Luis Borges.
Reconocí a Julia Alvarez apenas entre en la sala de conferencias el Miércoles por la tarde. A pesar de no haberla visto nunca más que en alguna foto de revista, no me fue difícil distinguirla entre la gente.Vestida con una casaca bordada en vivos tonos de azul y verde, sobre una camiseta negra de mangas largas y una pollera tubo oscura también, la escritora se destacaba entre los insulsos habitantes del municipio de Colchester, Vermont, a pesar de ser flaca y no muy alta. Su pelo oscuro, recogido en un rodete, estaba decorado con una vincha en tonos combinados que moría en un moño de raso azul francia sobre la oreja derecha. Dueña de un perfil perfecto, llevaba unos anteojos rectangulares con marco de carey negro que irremediablemente revelaban su intelecto literario y gritaban a los cuatro vientos: ESCRIBO LIBROS!!!
Me senté en la primera fila con Linda y Juliana (Linda fue la instructora del curso de escritura creativa que estuve tomando estos últimos meses y Juliana, una de mis compañeras). Estaba dispuesta a no perder detalle alguno, me sentía como una criatura llendo al teatro por primera vez. Estaba emocionada por Mariana la lectora, llena de admiración frente a una de sus autoras preferidas, y por Mariana la escritora - o mejor dicho, la que intenta serlo - llena de esperanza frente a la ilusión de algun día, dentro de 20 años, tener un libro escrito por mi en la mano y a mis lectores esperando escucharme.
Alvarez habló de su última novela, publicada este año: "Return to Sender", que en castellano se traduciría como "De Vuelta al Destinatario". La novela se trata de dos adolescentes, María, hija de un trabajador rural Mejicano indocumentado y Tyler, el hijo de unos chacareros de Vermont que contratan al padre de María para trabajar. De ahi lo que Alvarez llevaba puesto. Esa casaca se la bordaron en Chiapas, Méjico, donde estuvo de visita investigando y recaudando material para su novela.
Y después hablo de ella. De su infancia en la Republica Dominicana rodeada por incontables parientes, de como su familia se exilió en Nueva York durante la dictadura de Trujillo, de la maestra que la introdujo al mundo de los libros y de como se refugió en ellos para evitar a esos hostiles compañeros de escuela que la burlaban por sus raíces latinas.
"There's where I found my community," dijo Alvarez en referencia a esos cuentos que remplazaron las historias que le contaban sus tías. Y entre sus autores favoritos incluyó a Jane Austen, Leon Tolstoy y a Jorge Luis Borges."You can't be a writer if you are not a reader," dijo después profundizando en su calidad de escritora.
Alvarez me conquistó por completo, de la misma manera que me conquistaron sus libros. Ella misma es una novela, relatada en cada uno de sus movimientos, en cada mirada, en cada sonrisa genuina. No esconde nada, se da en cada palabra, es un papel de calcar.Por supuesto, despues de hablar largo rato y responder docenas de preguntas, Alvarez charló con la gente uno a uno, con cada persona, como si las conociera de toda la vida. Y sin perder oportunidad, nos sacamos la foto para el recuerdo!



Con Juliana Wallace, Linda Cruise y Julia Alvarez, en Colchester Meeting House, VT, 1ero de Julio de 2009.
Para más de lo que dice Julia, su página es www.juliaalvarez.com
lunes, 15 de junio de 2009
Sacando los trapitos al sol
En el primer mundo vamos para atrás. Gracias a Dios, porque sino pronto nos vamos a quedar sin mundo. Ni primero, ni segundo, ni tercero.
Las secadoras de ropa, tan lindas como son, en verano se apagan! O al menos, algunos tratamos de apagarlas para ahorrar energía y reducir la contaminación ambiental. Entonces, qué hacemos con nuestra ropita recien lavada? La colgamos al sol, como en los viejos tiempos.
Justamente, la legislatura de Vermont acaba de aprobar una ley que restringe la autoridad de las asociaciones de barrios privados de prohibir a los propietarios colgar la ropa al sol. En otras palabras: todo propietario tiene derecho a sacar los trapos al sol si se le antoja, por más que sus barrios privados digan lo contrario.
Me imagino lo que muchos estaran pensando. Que horror, colgar la ropa afuera, que verguenza! Pero para mi no deja de haber un misticismo asociado a todo lo que se hizo en el mundo por siglos.
Me acuerdo que mi abuela colgaba la ropa en la terraza de su edificio en la calle Venezuela, en el barrio de Monserrat, en pleno corazón de la ciudad de Buenos Aires. Como me encantaba subir a la terraza con ella! Era una aventura. Tomar el ascensor con el canasto de la ropa mojada, la bolsa de los broches y la tabla de madera para refregar algun cuello de camisa manchado en los piletones de cemento alisado. Mi función? Alcanzarle los broches mientras ella colgaba prolijamente las toallas, repasadores, camisas y vestidos. A veces nos encontrabamos con alguna vecina o con el portero del edificio, también avocados a la lavandería, y mi abuela siempre me presentaba con honores: "Esta es mi nietita Mariana y me está ayudando con la ropa. Es la única nieta que tengo porque el resto son varones."
Y asi, mientras las telas bailaban con el viento, y el olor del jabón y la humedad llenaban el aire, yo era feliz. Las horas de mi infancia se bañaban al sol, lentamente, al igual que la ropa limpia.
Las secadoras de ropa, tan lindas como son, en verano se apagan! O al menos, algunos tratamos de apagarlas para ahorrar energía y reducir la contaminación ambiental. Entonces, qué hacemos con nuestra ropita recien lavada? La colgamos al sol, como en los viejos tiempos.
Justamente, la legislatura de Vermont acaba de aprobar una ley que restringe la autoridad de las asociaciones de barrios privados de prohibir a los propietarios colgar la ropa al sol. En otras palabras: todo propietario tiene derecho a sacar los trapos al sol si se le antoja, por más que sus barrios privados digan lo contrario.
Me imagino lo que muchos estaran pensando. Que horror, colgar la ropa afuera, que verguenza! Pero para mi no deja de haber un misticismo asociado a todo lo que se hizo en el mundo por siglos.
Me acuerdo que mi abuela colgaba la ropa en la terraza de su edificio en la calle Venezuela, en el barrio de Monserrat, en pleno corazón de la ciudad de Buenos Aires. Como me encantaba subir a la terraza con ella! Era una aventura. Tomar el ascensor con el canasto de la ropa mojada, la bolsa de los broches y la tabla de madera para refregar algun cuello de camisa manchado en los piletones de cemento alisado. Mi función? Alcanzarle los broches mientras ella colgaba prolijamente las toallas, repasadores, camisas y vestidos. A veces nos encontrabamos con alguna vecina o con el portero del edificio, también avocados a la lavandería, y mi abuela siempre me presentaba con honores: "Esta es mi nietita Mariana y me está ayudando con la ropa. Es la única nieta que tengo porque el resto son varones."Y asi, mientras las telas bailaban con el viento, y el olor del jabón y la humedad llenaban el aire, yo era feliz. Las horas de mi infancia se bañaban al sol, lentamente, al igual que la ropa limpia.
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